HUMOR?

Hay algo que no encaja en cómo consumimos cultura. Se llenan las salas para ver películas como Torrente, con un humor que banaliza o directamente coquetea con discursos reaccionarios, de ultraderecha, mientras otras películas de más calidad, como la última de Almodóvar, pasan mucho más desapercibidas.
Afortunadamente, ésta última está seleccionada para el Festival de Cannes. Me alegro muchísimo, porque A arga Navidad, como casi todas las películas de Almodóvar, dan para pensar, para reflexionar sobre la vida, nuestros errores y perjuicios. Con una estética cuidadísima, diálogos perfectamente elaborados y entendibles, una puesta en escena perfecta, unos primeros planos conmovedores y maravillosos. 

No es solo una cuestión de gustos personales. Es un reflejo de lo que priorizamos como sociedad. Apostamos por lo fácil, lo rápido, lo que no incomoda. Nos reímos sin pensar demasiado en qué hay detrás de ese humor o a quién señala. Y mientras tanto, dejamos de lado historias más trabajadas, más profundas, que sí intentan contar algo relevante.

También influye cómo funciona la industria y la conversación pública. Se promociona más lo que ya sabes que va a funcionar, lo que genera polémica o ruido. Y al final, mucha gente acaba eligiendo eso casi por inercia.

No se trata de decirle a nadie lo que tiene que ver. Pero sí de plantear una duda razonable: ¿por qué apoyamos más productos que no aportan nada o incluso refuerzan ideas cuestionables y menos los que intentan hacer algo mejor?

Porque al final, cada vez que elegimos una película, estamos diciendo qué tipo de cultura queremos que tenga más espacio. Y ahora mismo, el mensaje que estamos mandando no es precisamente el mejor.


No es solo una cuestión de gustos; es un síntoma. Cuando lo burdo eclipsa a lo bello, cuando la provocación fácil sustituye a la reflexión, estamos priorizando el ruido sobre la voz. Consumimos lo inmediato, lo reconocible, lo que no exige pausa ni pensamiento, como si el arte fuese un trámite y no un espejo.

Y, sin embargo, el cine —como la vida— tiene vocación de trascender. Hay películas que no buscan carcajadas rápidas, sino preguntas lentas; que no simplifican el mundo, sino que lo ensanchan. Pero requieren algo que hoy parece escaso: atención, apertura, cierta valentía para salir del carril cómodo.

Quizá el problema no sea que existan unas u otras propuestas, sino el ecosistema que hemos construido alrededor de ellas. Un mercado que premia lo previsible, una conversación pública que viraliza lo estridente, y una ciudadanía que, a veces, se deja llevar por la inercia del entretenimiento sin preguntarse qué hay detrás.

No se trata de imponer gustos ni de levantar trincheras culturales. Se trata de preguntarnos, con honestidad, qué tipo de mirada queremos alimentar. Porque cada entrada de cine es también un pequeño voto: a favor de la superficialidad o de la profundidad, del cinismo o de la sensibilidad, del ruido o del sentido.

Y en ese gesto cotidiano, aparentemente banal, se dibuja plano a plano la sociedad que estamos construyendo.

Es bastante evidente lo que está pasando. Películas como Torrente siguen llenando salas, aunque su humor tire de tópicos, de lo fácil y, en muchos casos, de mensajes que no deberían normalizarse. Mientras tanto, propuestas mucho más cuidadas, como la última de Almodóvar, se cuestiona. 

No es casualidad. Hemos asumido como normal consumir lo que menos exige. Lo que hace ruido, lo que se comenta rápido, lo que no obliga a pensar. Y eso tiene consecuencias. Porque ese tipo de contenido no es neutro: refuerza ideas, actitudes y formas de ver el mundo bastante pobres.

También hay una responsabilidad colectiva. No todo es culpa de la industria o de la promoción. Hay una parte de comodidad, de dejarse llevar por lo que ya conocemos, por lo que parece más “divertido” sin cuestionarlo demasiado.

El problema no es que exista ese tipo de cine. El problema es que tenga mucho más respaldo que otras opciones claramente mejores. Ahí es donde se ve el nivel de exigencia cultural que estamos manejando.

Y la pregunta es incómoda, pero necesaria: si esto es lo que más apoyamos, ¿qué dice eso de nosotros como sociedad?

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