Madrid Madrid Madrid??

🌹 Madrid huele hoy a barquillo, a clavel reventón y a vermú servido despacio. Suenan organillos en las Vistillas, las chulapas desafían al tiempo con lunares y mantones, y el Manzanares, ese río humilde que siempre quiso ser mar,  vuelve a mirarse en la memoria de la ciudad. 
Es San Isidro. Y Madrid, cuando quiere, todavía sabe reconocerse.

Hubo un tiempo en que esta ciudad no se gobernaba desde la soberbia ni desde el escaparate. Un tiempo en que Madrid era de la gente. De los barrios. De las bibliotecas abiertas. De los centros culturales llenos. De la Movida, sí, pero también de la dignidad obrera de Vallecas, de Orcasitas, de San Blas.
 Un Madrid que no expulsaba a sus vecinos para convertirlos en figurantes de un parque temático para fondos buitre y terrazas gourmet.
Un Madrid donde no daba vergüenza hablar de sus gobernantes.

Ese Madrid tenía un alcalde que entendía la ciudad como se entiende una conversación en una plaza: escuchando. 
Enrique Tierno Galván no fue solo un alcalde,  fue una manera de respirar Madrid. El viejo profesor convirtió la política municipal en  poesía urbana. Hizo de la cultura un servicio público y de la libertad, la de verdad, no la libertad fasticoide de Ayuso, una verbena colectiva. Mientras otros levantan titulares, él levantó ciudadanía.

Hoy, en cambio, Madrid parece gobernada por quienes la usan como un decorado. Isabel Díaz Ayuso y José Luis Martínez-Almeida han hecho del ruido una estrategia y de la especulación un modelo de ciudad. Privatizan,  convierten la vivienda en un lujo obsceno y venden patriotismo castizo y rancio mientras desmantelan servicios públicos pieza a pieza, como quien desmonta un reloj antiguo para venderlo.

Y duele especialmente en San Isidro. Porque esta fiesta nunca fue una postal vacía. Era el orgullo popular de una ciudad plural, diversa y trabajadora. El Madrid de la pradera, de las rosquillas tontas y listas, de las familias compartiendo tortilla sobre un mantel de cuadros. No el Madrid del pelotazo, ni el de los áticos pagados por los madrileños, ni el de las cañas a precio de hipoteca.

Tierno Galván entendió algo esencial: una ciudad no se mide por sus macroeventos ni por el brillo de sus marquesinas, sino por cómo trata a quien madruga en metro, a quien alquila una habitación porque no puede pagar un piso, a quien necesita una sanidad pública digna y no propaganda fluorescente.

Quizá por eso, cuando llega San Isidro, muchos no sentimos nostalgia de un Madrid antiguo, sino de un Madrid decente. Un Madrid donde la modernidad no consistía en expulsar vecinos, sino en abrir puertas. Donde gobernar no era gritar más fuerte, y decir la barbaridad más grande, aquí o en México, sino cuidar mejor.

Y aun así, Madrid resiste. Siempre resiste. En cada asociación vecinal, en cada teatro pequeño que sobrevive, en cada conversación de barra donde todavía se arregla el mundo entre callos y cerveza fría. Porque Madrid tiene memoria, aunque algunos se empeñen en recalificarla.

Lo hago extensible a Torrejón de Ardoz . 
 💃 Feliz San Isidro! Que no nos roben también el alma castiza y diversa de esta ciudad.
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