El Caballo de Troya de la Ultraderecha
Hay titulares que no informan. Condicionan. No abren un debate: lo envenenan desde el primer segundo.
Hace poco, en un programa de "debate" en el que participa un amigo, y que suele dar pie a intensas discusiones entre nosotros, aparecía este titular: "¿Ha ido demasiado lejos el movimiento LGTBI?"
La sola pregunta ya es un despropósito.
Porque no plantea un debate honesto. Plantea que los derechos de un colectivo pueden haber sobrepasado un límite, como si la igualdad, la dignidad o la libertad fueran privilegios sometidos a votación.
Y no. Los derechos humanos no son negociables. Nunca pueden "ir demasiado lejos". Lo que sí llega demasiado lejos es la intolerancia, el odio y la discriminación.
Ese tipo de titulares sirven para abrir la puerta a que fascistas, ultras, tertulianos profesionales —hoy parece que cualquiera lo es— y determinados medios desplieguen un discurso que pretende presentar como opinión lo que, en realidad, es un ataque a la igualdad. Bajo el paraguas de la libertad de expresión se manipula la realidad, se criminaliza a las personas LGTBI y se intenta devolverlas, simbólicamente, al armario del que tanto costó salir.
Hace poco, la periodista y escritora Ana Isabel Triviño denunciaba exactamente esta estrategia a propósito de un programa de televisión en el que la pregunta era: "¿Ha ido demasiado lejos el feminismo?"
La fórmula es idéntica. Cambia el colectivo, pero no el mecanismo.
Primero se formula una pregunta tramposa. Después se sientan frente a frente quienes defienden derechos fundamentales y quienes los cuestionan, como si ambas posiciones fueran equiparables. Y así se convierte la igualdad en una opinión más, cuando en una democracia debería ser un principio irrenunciable.
No es un debate. Es una escenificación cuidadosamente diseñada para sembrar dudas sobre conquistas sociales que han costado décadas de lucha.
Detrás de muchos de estos espacios hay estrategias perfectamente calculadas. Personas o grupos que no se presentan como lo que realmente son. Se envuelven en un discurso aparentemente moderado, hablan de pluralidad y de libertad de expresión, pero utilizan ese marco para normalizar discursos reaccionarios y desplazar poco a poco los límites de lo aceptable.
A menudo invitan a personas demócratas, progresistas o de izquierdas. Necesitan su presencia para poder afirmar que son plurales. Pero el terreno de juego ya está inclinado desde el principio. El titular marca el relato, la pregunta condiciona las respuestas y el objetivo no es comprender, sino erosionar.
Curiosamente, muchos de quienes coordinan estos programas proyectan una imagen de cercanía y buen talante. Sin embargo, cuando reciben críticas suelen mostrar una piel extraordinariamente fina. Las descalificaciones, los ataques personales o las campañas en redes contra quienes discrepan o deciden no acudir al programa forman parte, en demasiadas ocasiones, del espectáculo.
Lo más preocupante es que mucha gente de buena fe cae en esa trampa. Personas que han dedicado su vida a defender la democracia y a combatir el fascismo acaban legitimando, sin querer, espacios que precisamente buscan blanquear esos discursos.
Es un auténtico caballo de Troya.
No llegan gritando. Llegan hablando de libertad. No dicen que quieren recortar derechos. Dicen que solo quieren debatirlos. Y esa es la verdadera trampa: hacer creer que la igualdad, el feminismo o los derechos LGTBI son cuestiones opinables cuando, en realidad, son la base misma de cualquier democracia digna de ese nombre.
Porque la libertad de expresión protege el derecho a opinar. No convierte todas las opiniones en equivalentes ni obliga a poner los derechos humanos en el banquillo de los acusados.
Y cuando un programa empieza preguntando si un colectivo tiene "demasiados derechos", el debate ya está perdido antes de comenzar.Creo que así mantiene tu voz, pero gana en claridad, fuerza argumental y credibilidad, evitando afirmaciones demasiado categóricas que podrían restar impacto al conjunto.
Lo mismo ocurre cuando el objeto del debate son las decisiones del Gobierno de España. Las preguntas, los titulares y el enfoque suelen estar orientados a cuestionar, ridiculizar o desgastar al Ejecutivo, mientras que rara vez —por no decir nunca— se aplica el mismo nivel de exigencia a dirigentes o políticas de la derecha. La sensación es que existe una doble vara de medir: unos comparecen permanentemente en el banquillo y otros apenas son sometidos al mismo escrutinio.
Y, para rematar el formato, se introducen pequeños jueguecitos semanales, votaciones, rankings o dinámicas pretendidamente humorísticas que sirven para echarse unas risas con los tertulianos de siempre. Parece algo inocente, pero también cumple una función: generar complicidad, fidelizar a la audiencia y convertir el programa en una especie de club donde todos acaban reforzando las mismas ideas, mientras se ridiculiza al discrepante. El entretenimiento se convierte así en un vehículo mucho más eficaz para difundir un determinado relato político que un discurso explícitamente partidista.
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