NO AL FASCISMO, NO A LA EQUIDISTANCIA.
18 de julio.
Hoy se cumplen 90 años del golpe de Estado militar que acabó con la legalidad democrática de la II República y abrió la puerta a una guerra y a casi cuarenta años de dictadura.
No fue una hazaña. Fue una traición a la democracia, a la voluntad popular y a la libertad.
Noventa años después, la memoria no es revancha: es justicia. Porque un país que olvida cómo se destruyó su democracia corre el riesgo de no reconocer a quienes vuelven a despreciarla. Y cómo lo estamos olvidando...
La democracia no nació del franquismo; sobrevivió al franquismo gracias a quienes resistieron, lucharon y soñaron con un país libre.
Frente a quienes aún blanquean la dictadura o trivializan aquel golpe de Estado, lo utilizan la equidistancia, que es aún peor, solo cabe una respuesta: la verdad histórica, la memoria democrática y un compromiso firme con la libertad, los derechos humanos y la convivencia.
Porque la democracia no se hereda. Se defiende. Y de defiende siempre, en todos los contextos, hay opiniones que no son respetables, que atentan contra la misma democracia, los derechos humanos...y ahí están, esos debates, donde tipejos de la ultraderecha envueltos en el manto de la libertad de expresión sueltan una a una sus burradas fascistas. Enmarcado en la "pluralidad'.
Confundimos con demasiada frecuencia la libertad de expresión con la obligación de dar un altavoz a cualquier discurso.
La democracia protege el derecho a opinar, pero no exige normalizar el odio ni convertir en un espectáculo las proclamas xenófobas, machistas, homófobas o profundamente antidemocráticas como está ocurriendo.
No todas las ideas merecen el mismo reconocimiento social. Una opinión que niega derechos, que señala a personas por su origen, su orientación sexual o su condición, o que justifica el autoritarismo, no enriquece el debate: lo degrada. Y además provocan situaciones como la reciente paliza al periodista y escritor Fonsi Loaiza.
Cada vez que se sienta a un fascista convencido o a quien hace del odio su forma de hacer política en igualdad de condiciones con quienes defienden los derechos humanos, se transmite la falsa idea de que ambas posiciones son igualmente legítimas. No lo son. Pero la gente desde su sillón lo ve así. Lo normaliza, porque lo normalizamos.
La democracia no se defiende siendo neutral, ni siendo equidistante frente a quienes quieren destruirla. Se defiende poniendo límites al discurso del odio, desmontando las mentiras y dejando claro que los derechos humanos, la igualdad y la dignidad de las personas no son objeto de debate.
La libertad de expresión es un pilar de la democracia. El odio, el fanatismo y el autoritarismo, no. Y sentamos continuamente a esas "personas' delante de un micrófono. Algo estamos haciendo mal.
18 de julio: ni olvido, ni blanqueamiento. Memoria, verdad y democracia.
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